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¿Dónde fracasa el mejor test psicológico?

Actualizado: 15 de oct de 2019


Para quien no perciba a primera vista la contradicción que esta pregunta encierra vamos a señalar, antes de desmontarla, su verdadera falla. Un test psicológico no puede hacer otra cosa que fracasar en su empeño de cernir lo particular de un sujeto, y no sólo por establecer una rejilla interpretativa diseñada desde una objetividad imposible, sino porque su finalidad es hacer un conjunto, definir patrones y provocar identificaciones. O sea, todo lo contrario a lo que sería partir sin red al encuentro de lo desconocido, de la subjetividad.


Esta reflexión tiene su origen en una experiencia personal, ocurrida hace ya muchos años, en torno a un test que atrapó mi atención y me pareció entonces particularmente brillante. Creía yo que su formato de cuento resultaba tan claro que cualquiera saldría retratado con exactitud. El cuento, que como todo cuento tiene diferentes versiones, y que es utilizado en entrevistas de trabajo para definir la personalidad del demandante de empleo, ofrecía una serie de lugares de fácil identificación que iban a funcionar como las casillas de un test. El listado de preferencias determinaría la aptitud o no del demandante. El relato, conocido como La historia de Marlene, es el siguiente.


Un test psicológico no puede hacer otra cosa que fracasar en su empeño de cernir lo particular de un sujeto

Los personajes son cinco: Marlene, un barquero, un eremita, Pedro y Pablo. Marlene, Pedro y Pablo son amigos de infancia. Pablo se quiso casar con Marlene, pero ella le rehusó alegando que estaba enamorada de Pedro.


Un día Marlene se decide visitar a Pedro, que vive al otro lado del río. Al llegar al río, Marlene pide a un barquero que la pase al otro lado, pero el barquero le dice que no lo hará gratis, que es su forma de vida y que tiene que pagar por ello. Marlene, que no tiene dinero, le explica al barquero su situación, su gran deseo de verse con Pedro, y le ruega que la pase al otro lado. El barquero acepta si ella accede a desprenderse de una parte de su ropa. Marlene duda y decide consultar a un ermitaño, conocido por sus buenos consejos. El ermitaño le dice que la comprende pero no puede darle una opción precisa, y la remite a su propia valoración, ha de sopesar lo que vale su deseo y lo que le piden a cambio, y elegir en consecuencia.


Marlene vuelve al río y acepta lo que pide el barquero. Una vez atravesado el río va a casa de Pedro y pasa con él tres días muy felices. Pero a la mañana del cuarto día Pedro recibe por carta una ansiada oferta de trabajo, en el extranjero, muy bien remunerado. Se disculpa y parte de inmediato.

Marlene cae en una profunda tristeza y decide dar un paseo. Se encuentra con Pablo y le cuenta la razón de su tristeza. Se siente escuchada por Pablo y finalmente le dice: “Recuerdas que hace tiempo me dijiste que querías casarte conmigo, y yo te rechacé porque no me sentía enamorada de ti, pues bien, creo que ahora sí lo estoy y me gustaría casarme contigo”. Pablo le responde: “Es demasiado tarde. Ya no me interesa. No quiero restos de otro”.


Y con este rechazo se termina el cuento, un cuento-test que habría quedado ahí, olvidado por su vana simplicidad, si un día no se lo hubiera reproducido a un amigo, al que tenía en gran estima, inconsciente de lo que me esperaba. Mi amigo no dudó en hacer el listado de sus preferencias, del primero al último, ofreciendo de inmediato una sólida justificación. La sorpresa que provocó en mí me acompañaría durante años. ¡Qué disparidad de resultado con el que había imaginado! Baste decir que alguien como él, que siempre había desplegado una enorme generosidad, colocó en primer lugar al barquero. No podía creerlo. Después de escuchar la lógica implacable de sus justificaciones, no había lugar a que intentara, por mi parte, defender otro retrato de él, más digno, según me parecía, y más fiel.


Lo que nos interesa es desvelar el prejuicio que deslizamos cada vez que extendemos al otro nuestro mundo de representaciones

Por supuesto, no se trata ahora de ver quién estaba en lo cierto, sino de señalar la naturaleza de mi error. Parece evidente que estaba pensando en modo test, o sea, habiendo definido previamente cada una de las opciones, dándoles una calificación estricta en el orden moral. Naturalmente, no nos interesa discutir la supuesta moralidad del ordenamiento, sino el prejuicio que deslizamos cada vez que extendemos al otro nuestro mundo de representaciones. Mi amigo me desvelaba otro mundo, a decir verdad desconocido, y era inútil –o algo peor– que yo tratara de reconducirlo al mío.


Es esta singularidad, entendida como posibilidad, lo que el test busca eliminar. Porque la diferencia que el test consiente está organizada según una atribución genérica previa, distribuida en roles, con un significado fijo, estándar, que elude la emergencia de una interpretación diferente, no sabemos cuál. El test jibariza de tal modo al individuo que evita su emergencia subjetiva. Por definición, el test coloca y distribuye lugares para no escuchar al sujeto. Se supone que una vez sometido éste a la circularidad del juego de identificaciones, será cazado y se desvelará el sentido oculto de sus preferencias, no habiendo podido pasar de contrabando lo que él se oculta de sí mismo. Y hay que reconocer que funciona… pero no del todo. El problema es la inevitable reducción al que somete ese precioso material. No se demora en la escucha de su enigma y aplica la ley del diccionario.


El test jibariza de tal modo al individuo que evita su emergencia subjetiva

Ese día mi amigo puso delante de mí un mundo de representación que me resulto bizarro, echando al traste el “experimento”. Y no sólo el suyo. La invalidez de su resultado me terminó rebotando. Si la prueba no era válida para él, ¿cómo podía serlo para mí? ¿Dónde había quedado mi subjetividad al adecuarme a las casillas que el test me ofrecía? ¿Seguían siendo sus resultados tan incuestionables como me lo habían parecido, o simplemente me devolvían la imagen amable que yo mismo gustaba de proyectar?


El origen de este “mal”, de esta sospecha que se abría paso, radica en la inadecuación entre el significante y el significado. Su acomodo es inestable, y aceptarlo produce un terremoto en la concepción imaginaria que nos hacemos de las cosas. Pero no aceptarlo equivale a seguir soñando, convencidos de que nuestro sueño es el teatro donde actúan todos los demás.

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