MOTIVOS DE CONSULTA

"PROFESIONAL" VERSUS "ESPECIALISTA"

 

Antes de hablar de los síntomas y de su clasificación aprovecharemos para introducir algún comentario que aclare la relación del profesional con su práctica clínica, así como la denominación que se le adjudica. Como veremos, el asunto tiene más calado del que aparenta. De paso, nos permitirá ofrecer un contexto al habitual listado de síntomas que se atienden en consulta. Se trata de salir al encuentro de un malentendido, el de la actual equiparación y sustitución del término "profesional" por el de "especialista", que supone la integración y asimilación de los problemas psicológicos por parte de la medicina.

 

En el mundo en que vivimos la palabra "especialista" ha adquirido un prestigio tan incontestable que parece que va de suyo querer adjudicársela a todo aquel que se presente ante los usuarios ofreciendo el servicio demandado. Todos queremos ser tratados por especialistas, y pareciera de lo más natural que esto fuera aplicable a cualquier registro de la vida, también al ámbito de la llamada salud mental. Hasta aquí podría no haber inconveniente si no fuera porque, deslizándonos por esta pendiente, pronto supondríamos que a cada síntoma debería corresponder, como en líneas generales sucede en medicina, un especialista concreto. Estos especialistas serían entonces, también en nuestro mundo del malestar psíquico, los profesionales que estábamos buscando, los que mejor se ajustarían o tendrían un saber más elaborado para nuestra expresión sintomática. Pero esto no es así. La equivalencia con la medicina nos conduce a un grave error que es preciso denunciar. Una vez denunciado y debidamente argumentado, veremos cómo ambos términos no son, dentro de nuestro ámbito, equivalentes. Incluso podrían ser en algunos casos incompatibles.

Como decíamos, el malentendido consiste en creer que al tratamiento de cada síntoma pudiera corresponder la existencia de un profesional específico, de un "especialista" de ese síntoma. Pero la especialización en el campo de la salud mental no puede llegar hasta ese extremo sin perder sus fundamentos. Éste es el problema. Y no es el paralelismo con la medicina el que nos puede guiar. Esta confusión no existe en la medicina, donde para el problema una caries, por ejemplo, buscaremos obviamente a un dentista. Y cuando el médico no encuentra una dolencia física tratable con las herramientas que le son propias, o entiende que su causalidad no es tratable con sus medios, puede aconsejar, como una especialidad global, ayuda psicológica. Hasta aquí, de acuerdo, pero una vez dentro de nuestro campo, la especialización en síntomas no tiene ningún sentido, y la razón es clara: el verdadero problema no sabemos donde se halla. El síntoma es una señal, pero una señal de una direccionalidad incierta. No sabemos a qué apunta. La práctica nos ha enseñado que un mismo síntoma puede haber sido desencadenado por problemas muy diferentes entre sí, donde la dimensión de la subjetividad es insoslayable.

 

Imaginemos, por ejemplo, un paciente que viniera quejándose de una disfunción sexual, y que no lograra establecer de entrada una causalidad, si bien recordara una época en su vida pasada donde las cosas funcionaban de otra manera. ¿Cuál sería el especialista que deberíamos aconsejarle? ¿El de "problemas de pareja"? Imaginemos que tras un trabajo de varias sesiones el paciente puede recordar la depresión sufrida tras la pérdida de un ser querido, hace ya unos años, y cómo se produjo entonces un alejamiento, una apatía hacia toda actividad sexual de la que no pudo recuperarse. Bueno, ahora podríamos pensar que su problema trata más bien de la elaboración de un duelo y que el "especialista" aconsejado sería otro distinto al previamente asignado. Y tras hacer un recorrido con el nuevo, semanas después podríamos descubrir que la dificultad para la elaboración del duelo reside más bien en otro lugar, anclado en tal o cual aspecto de la vida del sujeto que el hecho luctuoso sólo vino a destapar...

Como vemos, el trayecto que cada cual puede hacer en la cura nos es  de entrada desconocido. Es más, si tuviéramos una idea definida y clara del mismo, a buen seguro que dicha idea vendría más de nosotros mismos que del paciente en cuestión. Seríamos el especialista que escucha todo a través de un único registro, forzando a entrar todo discurso bajo la estrechez de nuestra puerta. Para poder escuchar lo particular de cada sujeto es preciso evitar todo condicionamiento por lo que inicialmente un síntoma muestra, esto es, no creernos especialistas de dicho síntoma.

 

Seamos claros entonces, una cosa es la demanda de una especialidad basada en una clasificación de síntomas, que puede ser muy comprensible dado el estado de angustia en el que los pacientes llegan a veces a consulta, y otra cosa muy distinta es que el profesional confunda los términos, poniendo en riesgo su propia escucha y su falta previa de un saber específico sobre el paciente.

 

Esta confusión se halla muy extendida en el campo de las terapias comportamentales, también llamadas conductistas, y especialmente aquellas que intentan validarse a través de los avances de la neurobiología. Bajo nuestro punto de vista, todo lo que se gana en discurso médico para avalar lo que al final se va a hacer, que será casi invariablemente medicar al paciente, se pierde en capacidad de escucha de su especificidad. Y cuando el llamado especialista se desliza por esta pendiente termina por incapacitarse, por volverse sordo para escuchar lo que realmente el sujeto está afectado. Por lo demás, el problema es bien conocido, pues constituye su queja más habitual: "Me tuvo cinco minutos y ni siquiera me escuchó".

En Enlazo pensamos que partir de una posición de no saber qué es aquello a lo que nos enfrentamos es, en un primer acercamiento al síntoma, la única opción éticamente responsable. Sin duda, resulta más fácil recurrir a un manual y recetar, pero cerraremos la puerta al complejo mundo de la subjetividad.

 

Como desarrollamos con más amplitud en cada uno de nuestros artículos que se pueden leer en nuestra página sobre los síntomas, estos no dicen directamente la especificidad del problema que nos aqueja, o mejor dicho, lo dicen, pero de una forma velada, que requiere de un proceso de desvelamiento para comprender la función que cumplen en la economía psíquica del sujeto.

Hechas estas aclaraciones, ahora sí podemos pasar a nuestra clasificación, que no será propiamente por síntomas, sino por edades. La clasificación por edades, según la atención se dirija a adultos, adolescentes o a niños es, a nuestro juicio, la única justificable.

CLASIFICACIÓN POR EDADES

 

Problemas frecuentes en la atención a adultos:

  • Angustia, ansiedad, estrés

  • Depresión

  • Obsesiones, fobias, miedos

  • Problemas de pareja, celos, malos tratos

  • Dificultades sexuales

  • Fenómenos psicosomáticos

  • Adicciones

  • Problemas laborales

  • Timidez y problemas para relacionarse

 

Problemas frecuentes en la atención a adolescentes:

  • Anorexia, bulimia, obesidad

  • Ansiedad, angustia, falta de motivación o deseo

  • Timidez, agresividad 

  • Dificultades en la relación con los padres

  • Dificultades escolares

  • Adicciones

 

Problemas frecuentes en la atención a niños:

  • Problemas escolares

  • Problemas con la alimentación

  • Enuresis / encopresis

  • Hiperactividad

  • Dificultades para relacionarse con los demás

  • Miedos y fobias

  • Fenómenos psicosomáticos

​© 2019 Enlazo

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