LOS CELOS EN LAS RELACIONES DE PAREJA

Hombres y mujeres encontramos en el teatro de operaciones de los celos y en el entrecruzamiento de sus geometrías variables el desconocimiento que cada uno tiene sobre sus propias condiciones de amar y de desear.

Los celos patológicos

Empezaremos distinguiendo los celos patológicos, aquellos que enredan al que los padece en un sufrimiento insoportable, de los que no lo son. Tanto en el hombre como en la mujer, sentirse ocasionalmente celoso no tiene por qué tener un valor sintomático, puede responder a avatares más o menos ineludibles en el desarrollo de la sexualidad. A nadie sorprenderá, por ejemplo, ver el surgimiento de envidias y celos en los niños, tanto en los juegos como ante la llegada de un nuevo miembro de la familia, al que no sin razón se le considerará usurpador del afecto hasta entonces recibido. Como tampoco extrañará percibir en el adulto el dolor provocado ante los detalles y las noticias que dibujan en la imaginación la existencia, pasada o presente, de algún rival amoroso. No es que todo esto carezca de importancia, pero como el tema es tan vasto, y sin menospreciar el fondo común que estas manifestaciones comparten, nos centraremos aquí en las particularidades que presentan los celos sintomáticos en las relaciones de pareja.

Como los celos remiten siempre –cualquiera sea su presentación– a las coordenadas de la configuración del deseo, se hace ineludible decir antes algo sobre el deseo y sobre la particular relación que establecemos con el otro, con cualquier otro, con esa figura de la alteridad que en origen no es tan separable de nosotros mismos.

La constitución del yo

La constitución de nuestro yo no se hace por fuera de la relación con el otro. Al contrario, la manera de mirarnos reflexivamente a nosotros mismos se constituye, originariamente, en el registro de la especularidad con el semejante, a partir de una identificación. Es entonces cuando aprendemos que si la imagen del otro es para nosotros el otro, nuestra imagen será nuestro yo. No sólo lo representará, sino que somos eso que vemos en el espejo, entero, de una pieza. Y esta manera de construirse nuestro yo, a imagen y semejanza del otro, estará en el origen de las ambigüedades futuras. Baste como muestra la frecuencia entre los niños de los llamados fenómenos de transitivismo, que son esas situaciones en las que el niño no distingue lo que le pasa a él de lo que le pasa al otro. Por ejemplo, cuando tras un pisotón dado a un niño, es el que lo ha dado (u otro) el que se agarra dolorido su pie. Se entiende fácilmente que esta identificación, que está en la base de la relación con el semejante, no deje de ser problemática, por estar teñida siempre de un “o yo o el otro”, que es también el origen de una agresividad inevitable.

Antes de continuar, quedémonos con dos ideas. Primera, que la idea de nuestro yo en relación con el otro no es tan separable como nos gustaría imaginar. Segunda, que la especularidad que constitutivamente le afecta produce un efecto de desconocimiento sobre nosotros mismos.

La naturaleza del deseo

Por otro lado, la naturaleza misma del deseo resulta misteriosa. Del mismo modo que ocurre en la constitución del yo, nos equivocaríamos si pensáramos el deseo de manera autorreferencial, sin pasar por el otro. Si acudimos a la mera observación, constataremos que el sujeto desea lo que ya se desea, que lo que es para él deseable es lo que el otro desea. De ahí que las envidias y los celos no puedan dejar de responder a este patrón del deseo. Pero, ¿cuál sería la base de todo esto? ¿A qué puede responder? Como ya lo mencionamos en el artículo sobre la fobia, el sujeto configura su deseo en función de ocupar el lugar del deseo del otro, de ser deseable para él. De esta manera se asume, siendo todavía bebé, como objeto de deseo de la madre. De ahí que su deseo sea, en origen, el deseo de ese otro que es la madre. Tiempo después vendrá el momento en el que tenga que hacer la experiencia de la pérdida de esta privilegiada posición, aprendiendo –y a su pesar– que no hay objeto que pueda acomodarse plenamente a su deseo, ya que es precisamente este desalojo inicial lo que reactiva el deseo.

Añadamos entonces otras dos ideas. Primera, que deseamos desde el lugar del deseo del otro. Segunda, que esta estructura está afectada de una imposibilidad de verdadero encuentro con el objeto de deseo.

Dicho de otra manera, en el circuito del deseo la apropiación no existe. Toda apropiación está condenada al fracaso. Y cuando la pérdida resulta intolerable es muestra de que ya no estamos en el campo del deseo, sino en las heridas que marcaron (y puede que imposibilitaron) su constitución.

Los celos en la relación de pareja

Pasemos ahora a ocuparnos de las particularidades de los celos en la relación de pareja. Por comodidad expositiva, tomaremos como referencia el modelo de pareja heterosexual, sin olvidar que se trata de una cuestión de posiciones, por lo que lo dicho puede servir de orientación para cualquier modo de relación de pareja.

Lo primero que observamos es una sorprendente disimetría. Si bien es cierto que, más allá de que sean hombres o mujeres, no hay dos celosos iguales, pues cada uno responde a su propia historia personal, la posición sexuada imprime otra diferenciación. Los caminos por los que transita el varón celoso no son equivalentes a los que recorre la mujer celosa. Por ejemplo, por más que ambos se enreden en el problema de la rivalidad, el papel que ésta juega en cada uno es bien diferente.

Para el hombre, el rival entra de lleno en el registro de la agresividad, y la mera posibilidad de no ser él el elegido lo enloquece. Por eso, a veces la sola mención de su pareja a una relación pasada, a un amor de juventud, lo desestabiliza. Querría no saber nada, no escuchar nada. No siente que tenga él algo que aprender, y se devana en sus pensamientos intentándose sacar de la cabeza tan intolerable información. No es raro que piense entonces que mejor hubiera sido haber elegido a una mujer sin relaciones previas, etcétera, sin darse cuenta que por algo le pareció deseable la que eligió. Quizás no hizo otra cosa que caer en su propia trampa, encontrándose con el conflicto de su deseo. Y que, a su vez, fue éste su modo particular de encontrarse con una ley general: la imposibilidad de hacer una elección por completo afortunada.

Para la mujer, la rival ocupa un papel sensiblemente distinto. No es que no sea un campo propicio para el odio y la agresividad, pero a ello se añade, por lo general, otro valor en juego, no exclusivamente negativo. Porque la búsqueda de referentes que den cuerpo al enigma de la feminidad, a lo que sería ser una mujer, está para ella de una forma o de otra siempre presente. El hombre no se suele ocupar en divagaciones sobre lo que es la masculinidad (lo da por sabido), preocupado como está en la posibilidad de perderla. La mujer, en cambio, mantiene la feminidad como una pregunta abierta: ¿cómo lo sería yo?, ¿qué es ser una mujer? De ahí que la mirada a cómo lo es otra la acompañe de por vida. Por eso, si los hombres miran a las mujeres, todavía más ellas se miran entre sí. Pues bien, este vacío en la respuesta empuja a las mujeres a pensar que es otra la que tiene el secreto y que desde esa otra ella podría aprenderlo. Así las cosas, la emergencia de una rival coloca a toda mujer –y en especial a la celosa– en un lugar ambiguo, donde al rechazo se suma el interés, a veces particularmente punzante. ¿Cómo evitar preguntarse qué tiene ella que no tenga yo? Una incertidumbre que viene a atentar contra su ser mismo de mujer, que viene a enloquecer en el registro de la comparación, y del que pareciera no poder salir sino a través de la demostración de exclusividad, siendo la única.

Los embrollos de cada cual

Como vemos, cuando el problema surge, el hombre encuentra sus propios embrollos y la mujer los suyos, ambos inconscientes de jugar una partida con cartas que están lejos de poder controlar. Esto es quizás lo fundamental, el desconocimiento que cada uno tiene sobre sus propias condiciones de amar y de desear. Al final, los celos pueden no haber sido otra cosa que la piedra en el camino que ha puesto en jaque la construcción que nos habíamos hecho de nosotros mismos. Un edificio que, por muy lindo que fuera, termina revelándose como una armazón llena de engaños. El sufrimiento de los celos ha hecho sonar esa alarma, toca ahora resituarse en la existencia, asumiendo alguna de las verdades que nos afectan.

Terminaremos señalando un problema que introduce la época en la que vivimos –y que prometemos tratar más extensamente en un artículo futuro. Hablábamos antes de la pregunta de la mujer y del enigma de la feminidad. Eso no quiere decir que del lado masculino se sepa lo que es ser un hombre, pero hasta hace poco había respuestas para ello que tapaban la emergencia de la pregunta. Se daba por hecho que se sabía lo que era eso, tanto por parte de los hombres como también por parte de las mujeres. Unos y otras podían decir “sé un hombre” pensando un contenido claro, aunque cada cual y en cada época se pudiera rellenar a conveniencia ese vacío. (Vemos aquí cómo la simetría no funciona, el “sé una mujer” es una expresión poco menos que inexistente). Pero la actualidad está introduciendo una complicación nueva al problema expuesto. La caída de los ideales masculinos está abriendo también en los hombres la pregunta sobre la masculinidad. Y esa creciente falta de recursos, lejos de promover relaciones más, digamos, igualitarias, ahonda la incomprensión que afecta constitutivamente a las relaciones de pareja.

En fin, que la época abre la posibilidad para que las cosas fueran más flexibles, pero sólo para quien es capaz de soportarlo.

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