LAS OBSESIONES

Las obsesiones y los rituales compulsivos constituyen la maniobra privilegiada del neurótico obsesivo para evitar la emergencia de una angustia particular. Pero su circuito amurallado, cuidadosamente erigido para mantener alejada su fragilidad, se le ha terminado convertido en una cárcel, en la prisión donde se enfría su deseo.

Haremos, para empezar, alguna distinción básica que nos permita orientarnos. Si bien es cierto que las obsesiones son uno de los síntomas más habituales de la llamada neurosis obsesiva, la posición del sujeto, lo que vendría a ser su estructura deseante, no puede ser reducida o definirse sólo a partir de sus síntomas. Lo importante, como siempre, es entender la articulación, la función que cumplen en la vida del sujeto. Se entenderá entonces que un mismo síntoma pueda corresponder a sujetos por completo alejados a nivel estructural y que sólo mediante su análisis pueda desvelarse su significado.

Hecha esta distinción, se entenderá que, por una parte, reduzcamos aquí nuestros comentarios a las obsesiones que se manifiestan en los sujetos neuróticos obsesivos, y, por otra, según avanzábamos, que demos prioridad a la función que cumplen. Así, más que del síntoma aislado, hablaremos de los sujetos que lo padecen.

Su nombre viene dado por ese rasgo general de permanente esfuerzo de pensamiento, que comparten, en realidad, todo un abanico de síntomas más o menos compulsivos, desde las obsesiones propiamente dichas a los rituales, y toda la serie de comportamientos donde la reiteración y la repetición es la pauta. Este entramado sintomático cumple una función, que en estos sujetos está destinada a establecer una defensa. Esto es lo fundamental. Una defensa que funciona, más allá de lo torturante de sus cavilaciones, como una exitosa maniobra de distracción. El devaneo mental en el que el obsesivo queda atrapado viene al lugar de un conflicto, de cuya naturaleza se defiende. Pero su problemática original queda de esta forma inmovilizada, oculta a sus ojos, haciéndose él mismo arquitecto y guardián de su propia fortaleza, que no es otra cosa que el refugio donde ha encarcelado a su deseo.

Las obsesiones vienen a ser la trama visible donde el neurótico obsesivo se enreda irremisiblemente, repitiendo al infinito sus fórmulas para detener la emergencia de una angustia, en total desconocimiento de sus causas. Y eso en el caso de que dicha angustia consiga hacerse visible, porque el enclaustramiento en el que el obsesivo tiende a encerrarse modifica de tal manera su carácter que a veces la angustia no llega siquiera a emerger. A este trabajo se dedica incansablemente, y enemigo como es de cualquier imprevisto, de cualquier cambio en el orden de las cosas, busca someterlo todo a su control, a su cálculo estricto. Se entenderá entonces que esta obsesión para que todas las piezas encajen en el tablero, como si la vida pudiera ser un puzzle perfecto, haga del obsesivo un sujeto lógico y razonante en extremo, maestro en el mal que lo aqueja. Un sujeto siempre presto a la exhibición de sus dotes, que ha encontrado la maniobra de distracción perfecta, pero para dejar de lado la implicación de sus sentimientos, pues a lo que el obsesivo verdaderamente aspira es a tener sus problemas afectivos ocultos, empaquetados en el fondo oscuro del congelador.

Así las cosas, la posición habitual del obsesivo es la retención, su dificultad de ceder en el intercambio. Incapaz de asumir cualquier situación de pérdida y de alteración de su rutina, pareciera que al obsesivo no le quedara otra que repetir incansablemente sus fórmulas, sus pensamientos recurrentes, tratando de evitar con ellos un mal mayor. Pero, ¿cuál sería este mal que el obsesivo intenta apartar? ¿Qué suciedad no alcanza a limpiar? Ante ese enigma queda paralizado, debatiéndose en la duda y retrasando al infinito la acción. A lo más que llega es a expresar su inhibición mediante alguna fórmula, que vive como un auténtico mandato y que a veces toma la forma de un “si no hago tal cosa… ocurrirá tal desgracia”.

Este mal que carcome al obsesivo nos remite a sus sentimientos de culpa inconscientes, que son el resultado de su posición estructural, de la respuesta que como sujeto se dio a un conflicto originado en el campo del deseo y del goce. Éste es el verdadero fondo problemático del obsesivo, de lo que se protege levantando una tras otra sus murallas. Su punto débil es su relación con el deseo, que intentará mantener lo más lejos posible. Porque cuando se atreve por ese camino y se acerca a lo que desea, su deseo se desvanece. Finalmente, no le quedará otra que colocar su deseo como imposible, una coartada perfecta con la que justificará su inmovilidad en la vida. Así, incapaz de elegir, de apostar, de asumir las incertidumbres del deseo y del encuentro con el deseo del otro, el obsesivo termina haciéndose el muerto, perdiéndolo todo, al menos a nivel sentimental.

Porque lo que trata de evitar el obsesivo con estas maniobras no es otra cosa que la angustia que le provoca el deseo del otro, el encuentro con su demanda. Por eso intentará rebajarla a una demanda de objetos, y se aplicará a satisfacerla con la exhibición de sus dotes. No hay que dejarse engañar por su trabajo infatigable y por sus hazañas, la apariencia de hacerlo todo por el otro esconde el pago de la culpa. Ahí encontraremos su debilidad: cuando la puerta del enigma del deseo del partenaire se abre, el obsesivo se descompone.

Es cierto que, con frecuencia, el obsesivo identifica bien cuáles son las compensaciones a las que se entrega, incluso sus goces clandestinos, sus apegos familiares, en especial su vinculación a la madre, a la que le suele unir un lazo especial como heredero que es de una posición que imaginó de exclusividad, pero, por más que recuerde los hechos con claridad, ha conseguido desligar de ellos el afecto, la naturaleza de aquel compromiso. No ha reprimido la memoria de sus vivencias comprometedoras, pero sí el afecto, racionalizando a posteriori su posición.

En la actualización presente de aquellas vivencias generadoras de culpa, con su inevitable cohorte de odios y rivalidades, se engancha la emergencia de la angustia, cada vez que el deseo amenaza hacer acto de presencia. De ahí el combate que el obsesivo emprende a través del circuito cerrado de sus pensamientos.

Todo ello explica las dificultades habituales que encontramos en la clínica con sujetos obsesivos, –mayoritariamente masculinos, aunque también haya mujeres–, tan diestros en el manejo dialéctico para eludir lo que les toca, su posición deseante.

Este carácter amurallado de su estructura exige un trabajo minucioso, un desmontaje constante del desvío razonante en el que el sujeto obsesivo se encierra. Es la apuesta del analista, que haya maneras de acercase al campo del deseo y al tratamiento de los goces, una luz al final del túnel. Y así, cuando el obsesivo es capaz de reorientar su esfuerzo y se permite hablar de las angustias que verdaderamente sufre, sepultadas bajo la losa de sus prevenciones y de sus obsesiones, se abre también la vía para que estas pesadas cargas puedan empezar a desprenderse.

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