LA DEPRESIÓN

Una primera mirada hacia la depresión nos muestra de manera ejemplar la paradoja que habita en todo síntoma, bien conocido en sus formas exteriores, nos oculta, en cambio, sus verdaderas motivaciones. Un ocultamiento que se nos presenta, además, reforzado en la actualidad, pues la apatía vital propia de la depresión va en contra de los ideales de nuestra época, que prometen la realización plena e inmediata de todo deseo. Se entiende entonces que el sujeto depresivo haya pasado de estar relativamente bien visto hasta hace no demasiados años, a ser denostado, empujándole a una vida cada vez más clandestina, algo que, por otra parte, no desatiende sus preferencias. Y si miramos un poco más atrás en el tiempo, el contraste es todavía mayor. El extrañamiento con respecto al devenir acelerado del mundo contemporáneo que hace cien o ciento cincuenta años formaba parte del mundo de la bohemia, y que provocó entonces un halo de atracción por el sufrimiento del alma que bañaría todo el territorio del arte y de la creación, tiene poco que ver con lo que ocurre hoy, donde ese sufrimiento psíquico encuentra un reproche casi generalizado. No nos sorprenderá entonces la negativa actual a ser escuchado, se presente como se presente.

Así las cosas, el deprimido puede encerrarse o bien dedicarse a ocultar a los demás y a sí mismo sus manifestaciones sintomáticas. En cualquiera de los casos se nos presenta un sujeto que parece haber tirado la toalla, incapaz de buscar una salida propia, una salida acorde con la crisis que atraviesa su deseo, y se aviene a comprar lo que la sociedad le ofrece, proclive a gozar de formas fácilmente identificables, como el consumo de objetos y de sustancias, haciéndose adicto a lo que sea, o muestra su disponibilidad para apuntarse a las salidas milagrosas, las de cualquier manual de auto ayuda. En definitiva, una renuncia a la singularidad que viene a evidenciar, por la vía oculta de un sometimiento, su delicada posición frente a los demás.

Detenemos aquí la descripción de estas derivas más o menos conocidas para ir en la dirección opuesta y preguntarnos qué fue lo que provocó tal renuncia, por qué inhibió el ahora depresivo el desarrollo de su posición deseante en la vida. Porque en el tratamiento con estos sujetos es de eso de lo que finalmente se trata, de la dificultad que experimentan cuando sus pasos se encaminan por la senda del deseo. Por una razón o por otra –aquí la historia del sujeto proporciona las cartas en juego–, emprender esa dirección les resulta amenazante, y cada renuncia sólo viene a reforzar la anterior, perdida ya en el tiempo. Al final, unas y otras se olvidan, dejando atrás la posibilidad de encarar otras elecciones, hundiendo al sujeto en un marasmo del que no sabe, ni apenas quiere, salir.

Podemos entender entonces la depresión como el estado que vendría a ocultar la emergencia de una situación de angustia. Pero, ¿de qué angustia hablamos? De la que se produciría en el sujeto al acercarse a aquellas coordenadas inconscientes que alumbraron su estatuto deseante.

La depresión decreta así el abandono a dar una batalla considerada de entrada como perdida. Y hay que decir que tanto el hombre depresivo como la mujer depresiva tienen, al menos en parte, una buena razón para ello, pues efectivamente han topado con un límite y, no pudiendo manejarlo, parece no quedarles otra que dar marcha atrás. Pero, para su desgracia, esta retirada no dejará de acarrear una consecuencia tras otra. Y la razón es clara: dejando de lado aquello que sin saberlo les orientaba, que es su deseo, y que les hubiera permitido afrontar mejor la cadena de pérdidas que de manera inevitable acabarán encontrando en la vida, se hacen víctimas de su propia elección, cuyas facturas no tardarán mucho en llegar. Del tipo que sea, por la vía pasiva y solitaria, o por la vía de la sumisión a cualquier tipo de paraíso artificial, la huida acaba en encerrona.

¿Cómo y dónde ubicar ese momento fatídico en el que el sujeto no puede hacerse valer y tira la toalla?

Aun siendo distinto para cada uno, quizás podamos entrever como rasgo más frecuente una falta de sostén del entorno para permitir articular las pérdidas, sobre todo en los momentos de encrucijada del sujeto, en la niñez y en la adolescencia, donde percibimos casi siempre una falta de escucha, incluso después de que sonaran todas las alarmas. Pero esto no es todo y, tal vez, ni siquiera lo más importante, porque nos quedaría por sumar la parte que le corresponde al sujeto, que si mira hacia su mundo interior no lo hace sin sentir una vergüenza difícil de situar. Por ahí se enraíza lo auténticamente problemático para el depresivo, en cómo resolvió su ecuación en el ámbito del deseo.

La necesidad de encuentros pasionales, la otra cara de la depresión

La depresión, a la que enfáticamente se la ha llamado la epidemia del siglo XXI, no sólo exhibe su rostro a través de la tristeza y la soledad. En este artículo se apuntan nuevas y paradógicas modalidades como son el amor fusional, los deportes de riesgo y determinadas acciones autolesivas hacia el cuerpo.

 

El término depresión como diagnóstico clínico es algo muy extendido en la época actual. En el ideario colectivo queda normalmente asociado a una persona con semblante triste, con escasa motivación, más o menos desvitalizada y con serias dificultades para dirigir su voluntad, aun cuando las tareas a realizar sean las más simples del quehacer cotidiano, como levantarse de la cama, asearse o preparar la comida. En la mayoría de los casos pensamos en personas con un discurso autodenigrante, que hacen saber a cualquiera lo poco que valen y, por lo tanto, lo poco que merecen, hasta el punto de necesitar ser castigados para compensar sus sentimientos de culpa por no estar a la altura de lo que la familia, la sociedad o cualquier otro pudieran pretender.

De un tiempo a esta parte la palabra depresión está en constante circulación y es motivo de numerosas investigaciones médicas, psicológicas y sociológicas. Muchos pacientes llegan incluso a la consulta con el diagnóstico ya decidido, luego de haber hablado con amigos o haciendo una búsqueda por internet.

Pero la depresión tiene también otra cara, otro modo de manifestarse. Se trata de esas otras modalidades de tratar ese sentir desvitalizado, como es la búsqueda incesante de acontecimientos pasionales que produzcan un fuerte impacto sobre el cuerpo, para sentirlo vivo. Son modos diferentes de hacer con el dolor psíquico, donde, en lugar de condescender a la voluntad depresiva y dejarse atraer por la cama, se busca una solución al dolor por medios más pasionales.

El amor fusional

Es frecuente encontrar personas que acuden a la consulta luego de una gran frustración amorosa, con la dificultad “de pasar página”, incapaces de  asumir esa pérdida, a la espera de un relato que dé cuenta de lo sucedido. Se entiende que esa decepción amorosa haya dejado a la persona sumida en un profundo dolor, pero investigando en su historia personal podemos también observar la continuidad de un dolor, instalado desde momentos muy tempranos de su vida. Las elecciones de amor intensas, fusionales, absolutas, generan muchas veces la ilusión de poder ser salvados de ese dolor existencial, de pretender constatar que es posible compensar todo el amor que se cree no haber recibido.

Los deportes de riesgo

¿Cuál es el riesgo de hacer un deporte de riesgo? La vida. Una obviedad que curiosamente a veces se nos escapa. Este tipo de actividades que coquetean con el peligro tienen la doble faz de generar un impacto muy grande en el cuerpo, al punto de llevarlo a una sensación de éxtasis vital muy intensa, pero encubren, al mismo tiempo, fantasías de suicidio inconscientes.

Llegados a este punto, es necesario hacer la salvedad de que no es posible establecer una generalización, más bien, pensar en cada caso hasta donde se trata de una actividad deportiva y de ocio, y hasta donde implica un riesgo autodestructivo ligado al dolor de existir.

 

Diversas acciones sobre el cuerpo

En la misma línea podemos pensar ciertos actos que algunas personas infringen sobre su propio cuerpo. Es el caso de las autolesiones, por ejemplo los pequeños cortes. Estas personas suelen confesar que ese dolor corporal les producen satisfacción porque, de este modo, sienten aliviado el dolor psíquico o moral: al mortificarlo sienten un cuerpo vivo. Y podemos extender esta lectura a otras prácticas como la privación excesiva de comida o el abuso de algunas drogas.

De esta manera, todas esas prácticas pueden enmascarar un sentimiento melancólico bajo el ropaje de una vida intensa y pasional. Se trataría de soluciones particulares a un sufrimiento excesivo, pero que pueden conllevar, por la vía opuesta, las mismas consecuencias destructivas.

Poder pensar que existen otras soluciones al dolor de existir es el primer paso para realizar una consulta a tiempo, con el fin de reacomodar las piezas de la propia vida y armar un puzzle menos sufriente.

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