LA ANGUSTIA

La angustia es uno de los elementos centrales de buena parte de las consultas y de las demandas de tratamiento. Popularizada en el lenguaje actual como “ansiedad” (a raíz de su traducción al inglés y su universalización en el discurso médico), la angustia es un afecto de difícil definición, que unas veces se manifiesta mediante miedos y temores muy localizados, como es el caso en las fobias, y otras de manera difusa, provocando inhibiciones y cambios de carácter. Esta resistencia a una definición que atrape el concepto nos da, no obstante, una buena pista de aquello a lo que nos enfrentamos, un campo de sentimientos que detiene el tiempo y la relación con los demás, colocando al sujeto frente a algo que no se aviene fácilmente a ser representado.

Para avanzar en ese enigma, podemos preguntarnos a qué apunta, de qué es una señal. La angustia sería entonces la expresión, la voz de alarma de un desajuste o de una conmoción producida en la estructura deseante de un sujeto. Si su aspecto sufriente resulta desagradable, más todavía lo es la perturbación que provoca. Ni siquiera cuando toma una forma concreta, como vemos en el caso de la fobia, deja por ello de presentarse de manera opaca, desconcertante, mostrando así la emergencia de un conflicto que ancla sus fuentes en aquello del sujeto que escapa al control de la conciencia.

Por eso el tratamiento que tiene por objeto exclusivo acallar a la fuerza su grito, sin atender aquello de lo que la angustia hace signo, suele conducir al sujeto a un estancamiento en su vida. Un caso frecuente es la depresión, sobrevenida con frecuencia tras el tratamiento farmacológico de la angustia. Amortiguada así la angustia, decae también el ímpetu que hasta entonces le empujaba en la vida. Como resultado, el sujeto deja de buscar una salida a su conflicto –no sabría cómo hacerlo sin volver a hacer sonar la campana de la angustia– y acaba renunciando a sus sueños.

La angustia nos muestra la exposición del sujeto ante la presencia de algo que había logrado permanecer hasta entonces velado. Por alguna razón ese velo que lo protegía se ha rasgado, enfrentándolo con la visión de un horror sin nombre. Que le dé una expresión concreta, como sucede en las fobias, no indica que acierte a circunscribir su naturaleza, simplemente nos muestra su capacidad para marcar un cordón sanitario ante un problema de momento insoluble.

No hay ni puede haber un tratamiento genérico para la angustia –hay que decirlo de entrada– porque, como un síntoma que es, dice algo sobre el sujeto concreto, y ese “algo” está anclado o emana lo que tiene de más particular, oculto incluso hasta para él. Se tratará de ver primero no sólo la ubicación de este desagradable compañero en su vida actual, sino la función actual que cumple. Por ejemplo, de qué miedos reales o imaginarios lo aleja. Entendiendo siempre que nuestra función es permitirle que pueda sortear la prueba, si ésta es su decisión, acogiendo su angustia mediante una escucha que no deja de lado sus conflictos, lo que suele tener un carácter tranquilizador inmediato.

Este trabajo de la palabra va orientado a desvelar las claves de la actual encrucijada del sujeto, al mismo tiempo que procura el encuadre necesario para organizarse mejor con aquello oculto que nos habita.

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