DURACIÓN DEL TRATAMIENTO

Resulta habitual que la preocupación del paciente ante la perspectiva de un tratamiento cuyo trayecto es todavía incierto se manifieste mediante la pregunta por la duración del mismo. El paciente llega con frecuencia en un estado de gran ansiedad, con la premura o incluso con la urgencia de dejar atrás lo que le martiriza, sea el síntoma que sea, bien se trate de una fobia, de una angustia, de una depresión, de una inhibición, de un problema psicosomático o de una coyuntura imposible en su relación de pareja. Pero, desgraciadamente, su pregunta no puede tener una respuesta fácil, y es lógico que así sea. Trataremos de explicarlo, sin olvidarnos de lo delicado de estas angustias iniciales, y de la necesidad de acogerlas y de escucharlas. Acogiéndolas mitigaremos en parte la preocupación, al mismo tiempo que nos proporcionarán datos sobre su modo de reaccionar ante la incertidumbre.

 

Primero y ante todo, ¿cómo saber cuánto tiempo puede durar un tratamiento antes de empezar, si tenemos en cuenta que un mismo síntoma significa para cada sujeto algo propio, diferente? Aun cuando el problema pareciera bien circunscrito, hacer un duelo, un tratamiento para fobias y obsesiones, una terapia para la ludopatía y adicciones, por nombrar sólo algunos ejemplos, el proceso no podrá ser otro que singular, pues la historia de cada sujeto es siempre única. No elaboramos un duelo según un esquema previamente establecido, por mucho que pueda ser cierto que después, analizando varios procesos, podamos establecer elementos comunes o una serie de etapas que se suelan repetir. Cada paciente elaborará su propio duelo, en el que podrá, o no, ir dando una serie de pasos, por lo que el ritmo, sin que él lo sepa, será el suyo, el que amparado por el contexto del tratamiento y por una buena dirección de la cura le permita dar.

 

Si tenemos dudas en esto, quizás nos ayude pensarlo a contrario. Preguntémonos qué diríamos si el psicólogo o el psicoanalista nos ofreciera de entrada una respuesta precisa sobre la duración del tratamiento, si nos dijera, por ejemplo, que nuestra fobia iba a cesar en tres semanas o en tres meses. ¿Cómo podría saberlo? ¿De acuerdo a qué tipo de saber? ¿Estadístico? Y si así fuera, si nos anunciara cuánto tiempo íbamos a demorar en ello, ¿contribuiría esto a tranquilizarnos? Pensémoslo detenidamente. Más bien, parece que no. Podríamos dudar sobre las pruebas a las que nos sometería, o cómo sabe él que las resistiríamos y que nuestra fobia se plegaría sin rechistar a tal prueba de fuerza... 

 

En fin, como vemos, las preguntas que nos surgen nos colocan ante una perspectiva que puede ser todavía más inquietante que la inicial. Volvamos entonces a intentar comprender la lógica subyacente. Sin dar pasos en esa dirección nos encontraremos perdidos. Nuestros síntomas no responden a ninguna estadística, más bien todo lo contrario, podemos entenderlos como nuestra respuesta subjetiva a un conflicto, que es la fuente de nuestro malestar. Necesitan por ello de una atención particularizada. Y debería ser esto lo primero a demandar. Ser tenidos en cuenta, ser escuchados. Si no es esto lo que se nos ofrece y prometer plazos sería una muestra clara de ello habríamos de concluir que no se nos va a escuchar, que se nos va a meter en una casilla de malestares afines pero no el nuestro y que, por lo tanto, nuestro problema no va a recibir el tratamiento que se merece.

 

El problema no es, pues, saber dónde está el final del túnel, o anticipar el final de un recorrido que está todavía por hacerse, sino en ponerse efectivamente en movimiento. Algo se puede hacer desde el primer día, desde la primera consulta. Los resultados positivos pueden perfectamente venir desde la primera consulta. No es necesario hacer un largo recorrido para dejar atrás determinado exceso que nos acompaña. Pensemos que son etapas en un trayecto, y que constituyen cada una por sí misma un beneficio, en la medida en que logren apartar algo de ese sufrimiento y de la falta de expectativas inicial. Ésa es nuestra perspectiva, que cada estación de ese recorrido sea una ciudad nueva que antes no podíamos visitar, y que cada ciudad nos abra la posibilidad de marchar hacia la siguiente. Sólo así lograremos recortar paso a paso nuestro sufrimiento, atravesando cada una de las dificultades que en el recorrido se presenten.

 

Resumiendo, se deriva de todo lo anterior que no pueda haber un trayecto estándar, que sea más bien al contrario, lo cual nos deja abiertas todas las posibilidades. Ésta es la ventaja que alberga nuestra perspectiva. Estamos abiertos a los descubrimientos y a las creaciones que hacen los pacientes en su recorrido. No lo predeterminamos. La orientación que podemos darle se deriva de la comprensión que adquirimos a partir de lo que nos dice, de donde derivamos su ubicación en su deseo. Pero él decide siempre, es su responsabilidad. Por ejemplo, un paciente que consultó para orientarse en su coyuntura actual y resolver un leve desajuste puede sentirse por satisfecho enseguida, y podrá dar por terminado su viaje analítico para continuar una vida más gratificante, desde la nueva posición alcanzada. En otras ocasiones, en cambio, el problema es complejo y el trabajo que se inicia conlleva una serie de descubrimientos mayores, pero necesarios para poder orientarse, si no quiere volver más adelante a las andadas por no haber cambiado el mecanismo que lo empujaba a repetirse sin fin. Éste es el objetivo último, pero tanto en estos casos como en los otros, la responsabilidad es suya. ¿Hasta dónde querrá llegar, y cuánto de su sufrimiento podrá dejar atrás? Eso no puede saberse a priori, le ayudaremos y acompañaremos en su descubrimiento, pero el momento de detener el recorrido sí formará siempre parte de su libre decisión.

​© 2019 Enlazo

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