¿CUÁNDO PEDIMOS AYUDA?

El principio general es que hay que pedir ayuda cuando hay un malestar y se quiere combatir. Quererlo combatir es la prueba de que nuestro deseo, aunque se encuentre en la actualidad trabado por ese malestar, no ha tirado la toalla. Éste es el primer requisito para poder trabajar. Cuanto más fortalecido tengamos ese deseo, cuanto más insatisfechos estemos con nuestra situación, más posibilidad habrá de no desistir ante la menor dificultad.

En buena parte de las consultas el malestar es claramente reconocible mediante lo que llamamos síntomas, esas erupciones de nuestra vida psíquica que perturban nuestro quehacer cotidiano. Así identificamos lo que nos pasa y aquello que queremos combatir, a través de estas manifestaciones que se nos han vuelto insoportables y ante las que nos sentimos incapaces de detener o modificar. Puede tratarse de un miedo o una fobia, de una inhibición, de una dificultad para relacionarse, de una disfunción sexual (frigidez, eyaculación precoz, impotencia), de problemas escolares, de problemas con la imagen corporal o con la alimentación (anorexia, bulimia, atracones), etc. Si bien otras veces el malestar no podemos localizarlo fácilmente, mostrando una naturaleza difusa, como sucede con otros síntomas que motivan también un buen número de consultas. Hablamos de la depresión, de la ansiedad, de la angustia o simplemente del estrés, cualesquiera sean las motivaciones que en uno u otro de estos síntomas se encuentren detrás. 

Una vez que ha sonado la voz de alarma del síntoma, no nos debemos dejar engañar por el modo de afectación que producen. No sólo porque puede ser muy variado, afectando unos directamente al cuerpo, concentrando en él los efectos de nuestra angustia, y otros aparentemente no, sino porque todos ellos se han terminado imponiendo sobre nuestras ilusiones y son sentidos ahora –y tal vez desde hace ya demasiado tiempo– como un obstáculo para nuestras relaciones personales, familiares o laborales.

Consultamos cuando los percibimos como el impedimento actual al desarrollo de nuestro deseo, el obstáculo que nos impide realizar las ilusiones que habíamos construido para nuestra vida, la piedra en ese camino que desearíamos cuanto antes apartar. Para algunos, quizás la percepción de ese obstáculo haya existido siempre, sólo que ahora con una virulencia más intolerable, o en expansión hacia otras áreas que hasta entonces no estaban afectadas. En cambio, otros sienten que se las han arreglado razonablemente bien hasta ahora, cuando parece que han perdido, debido a algún acontecimiento reciente, las ganas y la fuerza de tirar para adelante. Ante ese peligro, nuevo o antiguo, la sensación es la misma, de caída en algo que uno ha dejado de controlar. Es entonces cuando no debemos desatender esta señal de alarma de nuestro malestar. Lo suyo es buscar ayuda terapéutica. No es algo que deba conllevar el menor desprestigio para nuestro ego. Más bien todo lo contrario, deberíamos sentirnos orgullos de poder dedicar nuestros esfuerzos a intentar conseguir un mayor bienestar.

Pero también es cierto que nuestra vulnerabilidad nos hace estar más expuestos a optar por soluciones que no son tales, por promesas que no podrán cumplirse, por vías terapéuticas dedicadas a obturar el malestar sin haber comprendido, por mínimamente que sea, la causa que lo ha disparado. Y en el caso de no salir a buscarla el peligro no es menor. En este mundo del "hágalo usted mismo" parece que deberíamos poder conseguirlo todo por nuestros propios medios, ser nuestros agentes terapéuticos a través del supuesto saber de un manual de autoayuda. Pero, lamentablemente, esto no es así, y no puede serlo por buenos motivos. Vamos a intentar explicarlo con pocas palabras. A decir verdad, no es tan difícil.

 

Hay que desengañarse, los manuales de autoayuda pueden ofrecer todo un catálogo de acciones enfocadas a favorecer la estima que tenemos de nosotros mismos, pero su alcance, si somos sinceros, nos resultará muy limitado. Las razones son sencillas. Primero, porque la mayor parte de las veces no nos dicen otra cosa que lo que tantas veces, llevados por nuestros propios descubrimientos o por los consejos de otros, ya hemos probado. Y segundo, y mucho más importante, porque todo ese conjunto de remedios está basado en un intento de reforzar el yo, que viene a ser la idea imaginaria que construimos de nosotros mismos, en la línea de posibilitar, mediante el éxito, una mejor adaptación a la sociedad en la que vivimos. En ambos casos el problema estriba en intentar edificar sobre una base que resulta ser muy endeble. Los autores de estos manuales suelen estar escritos por personas que hicieron un descubrimiento que recompuso el roto abierto en su existencia. Pero estas construcciones no son exportables, son el fruto de un recorrido singular que no puede servir a otros. El parche no nos vale porque sus hilos no son los nuestros, y sólo con los nuestros podemos tejer el propio. Lo mismo pasa con las soluciones que los amigos nos aconsejan, se alivian ellos más que nosotros. Es lógico, nuestro estado de ansiedad les resulta insoportable y se ven empujados a ofrecernos lo que a ellos alivió u oyeron que a otros alivió. 

 

Estas opciones, por más atrayente que nos resulten a primera vista, no pueden servirnos. El alivio que proporciona la autoayuda es, en el mejor de los casos, efímero, pues no está sustentado en un cambio verdadero en nosotros mismos, a partir de una ganancia de saber en lo que nos pasa. ¿Qué hacer entonces? Es cierto que la vía que nos permite adentrarnos en lo que no conocemos de nosotros mismos puede resultar algo penosa. Nuestro narcisismo se podrá ver afectado. A nadie le agrada descubrir que el yo, como decía Freud, no es el amo en su propia casa, que no somos tan directores de nuestra propia vida como nos gusta representarnos. Pero, al mismo tiempo, es desde esta posición más modesta, de asumir el propio desconocimiento en lo que nos acontece, toda vez que intuimos que algo nuestro –y a veces muy íntimo– está implicado en ello, que podemos abrir el camino hacia una nueva perspectiva. No se trata de ocultarnos los misterios de nuestros padecimientos porque es en ellos donde radica la verdadera potencialidad que nos habita.

Se trata, más bien, de abrir paso a esta nueva perspectiva, la de nuestra subjetividad, para entender lo que nos constituye como sujetos de deseo. Algo que no podemos hacer sin la ayuda de un profesional que esté educado en la escucha de aquello desconocido que habla en nosotros –y ahora a voz en grito– a través de los síntomas. Los síntomas son la prueba palpable de la división interna que nos afecta. Por eso repetimos justo aquello que nos hace sufrir sin encontrar explicación, porque los secretos no se hallan en ese mundo algo tramposo de nuestra conciencia, donde nos engañamos mucho más de lo que nos gustaría creer. El misterio está en la implicación inconsciente en aquello que nos pasa.


Sin poder avanzar en ese desvelamiento, nuestros síntomas podrán cambiar de cara, pero tarde o temprano encontrarán el camino para resurgir de nuevo. Encontrarán las maneras de seguir insistiendo en lo que no marcha, haciendo sonar una nueva alarma en espera a ser escuchada. Y a decir verdad no es ésta la peor de las opciones, pues nos mostraría todavía una vitalidad que permitiría volver a buscar el acceso al tratamiento. Nuestro no querer escucharlo no es un buen consejero. Aunque el síntoma sea un compañero desagradable, tiene también la capacidad de enseñarnos los secretos que nos perturban. Por eso, lo peor es cuando, a fuerza de ahogar lo que en nosotros habla, es finalmente nuestro carácter lo que se ha endurecido, y hasta tal punto que hemos perdido la posibilidad misma de introducir cambios. Nuestro deseo también se resentirá. Habremos afectado el motor de nuestra existencia, el único que puede darnos las ganas de vivir. 

 

¿Por qué avergonzarnos entonces de pedir ayuda, para apartar nuestra piedra en el camino y movilizar en nosotros la potencialidad que tenemos, que no es otra cosa que el reverso de lo que ahora nos hace sufrir? 

​© 2019 Enlazo

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